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Un tiempo, una distancia y un jardinero.
Una flor en el tiempo de su distancia.
La oscuridad angustiante que da el mechero
y la luz que irrumpe en la angustia del desespero.
Lo indómito que suplica el control de lo sereno.
La serenidad que a lo indómito suplica desorden.
La fuerza que se desvanece, por la absorción, a menos
y la absorción vitalizada, que la fuerza esconde.
En el inicio del viaje sin destino,
el mismo destino viajaba allí.
Para no dar con ningún atino
un encuentro esperado, ya estaba ahí.
Aquel que se dio al inicio del viaje
porque sin cuadrar ningún pasaje
el mismo destino lo quiso así.
Del sesenta y dos al setenta
Del ochenta y ocho al ochenta y nueve
Sigue el noventa y dos y el dos
Sin saber que más se viene.
Jardinero y flor, la penumbra tientan
con un mechero en la oscuridad,
pese a la angustia que causa el tiempo
que recorre distancia sin arribar
y la fuerza que absorbe el viento
que fricciona la vida al desplazar.
El Jardinero y el Sol
Un jardinero que encontró una flor,
de ella quedó enamorado-
¡Qué hermoso es el amor!
En su corazón quedó prendado
La limpió de piedras y abrojos
Con poda y abono protegió
Buscando encontrar en sus ojos
Lo que nunca consiguió
Su amor ya no era de ella
Hace mucho lo entregó
A uno que con brillo la cegó
Con el fulgor que da una estrella
Y aunque no deja una huella
Cada día por su jardín paseó
Que rival tan poderoso,
muy difícil de vencer
para ella lo grandioso
ver el día aclarecer
El va asomando su poder
Y ella empieza a suspirar
Solo vive para amar
La presencia de aquel ser
Por más lejos que esté
Ese astro tan radiante,
el jardinero a su lado, y en vez:
ella esperando por el errante.
¡La dicha! La noche llegando
Y el jardinero la siente suya
“Es más la bulla que la cabuya”
Porque ella ahora lo está soñando
El jardinero feliz de agradecer
la hora que están las estrellas
Y aunque ella sueña con él,
el siempre sueña con ella.
Al alba, otra vez, la habrá de perder.
pero en la noche duerme con ella.