sábado, 18 de septiembre de 2010

Así mismo me voy


Luis Rivas, protagonista
de Allende - La Muerte de un Presidente


Cuantas cosas sucedieron el viernes 17 de septiembre en Valencia, todo estaba congestionado, todo se me complicó en el trabajo. Al final de la tarde decidí ir a casa para cambiarme de ropa, ya que tenía una invitación al Teatro Municipal de Valencia, mi teatro favorito, ¡Qué lástima que lo partidicen! Bueno, de partidos no quiero hablar. La cosa fue que no pude llegar a mi hogar por diversos embotellamientos, pensé no ir a la obra, pero era ineludible: Era yo, quien tenía los programas de mano de la misma: “Allende – La muerte de un Presidente”, y mi amigo, Humberto Segura, el director, como dicen los españoles: “Pues nada” ,  así mismo me voy.
Qué grata sorpresa me llevé, tremendo espectáculo, ya que no era un estreno sino un ensayo final o un ensayo puesto en escena, el estreno está programado para noviembre, realizado en un salón alterno de del teatro, en el que nos encontrábamos entre ochenta y cien personas a lo sumo. ¿Qué es lo espectacular? Que un actor como lo es Luis Rivas, a quien algunos podrán recordar en su papel como Pérez Jiménez en la telenovela Estefanía, original de Julio César Mármol. Digo algunos, porque fue la primera telenovela transmitida a color en Venezuela. O sea… Estuviera ahí.
Ese gran actor, de mucho teatro y TV estuvo interpretando al presidente chileno, Salvador Allende, en su última hora, un papel que le cuadró de tal manera que el parecido físico y el acento, trasladaban a ese lugar y a ese tiempo, un monólogo que sólo personas como él pueden memorizar y llevar a ritmo con sonidos programados, como los de disparos y bombas que estallaban al lado del Palacio de la Moneda de Chile, en donde originalmente ocurrió. Este actor así, sin más ni más, al lado del público, se paseaba prácticamente entre los asistentes a medida que iba transcurriendo el relato, excelente, cuantas veces nos podemos deleitar de tal manera en la vida.
No cabe duda que es un descollante trabajo realizado por Humberto Segura con la obra de Rodolfo Quebleen, un periodista y escritor argentino, del cual se ha tomado su escrito tanto para teatro como para cine.
En la antesala hubo palabras del director, de mucha reflexión, y la intervención de Víctor Cadet, quien recitó un poema de Mario Benedetti, dedicado a Allende, que encajó muy bien para esta  apertura, pues el tono de su voz y sus énfasis le abrió camino a las expectativas de todos.
Hay gente que está haciendo su mejor esfuerzo por un cambio en este país, porque la cultura transforma. Mis más sinceras felicitaciones, a todos los que participaron para hacer posible esta obra, y un agradecimiento especial  a todos los asistentes.


lunes, 13 de septiembre de 2010

LA CASA DE CORREDORES

Por Alí Izaguirre
De la casa vieja y grande por la acera derecha, sigue un terreno extenso, luego un ranchito, pintado de violeta las paredes y de amarillo su puerta y ventanas, con un aire muy maracucho, después otro terreno y al final de éste se dobla a la derecha. He repetido tantas veces esta referencia que no deja de pasar por mi mente, la misma forma de mencionarla, cada vez que transcurro por acá. Empieza una calle estrecha muy accidentada, con árboles frondosos de los lados, es sorprendente como estos seres clorofílicos van aumentado su tamaño a medida que uno se interna en el camino, es como si primero salieran al encuentro los hijos y más atrás los padres, por último los abuelos: robustos samanes, ceibas y acacias, con unos que otros árboles de menor abolengo que se cuelan entre ellos, para ver pasar a los transeúntes. Al final de la vía, a la izquierda se encuentra una rivera que susurra a las aves el frescor de su néctar, la bordea una vieja rúa, de lajas grises, patinada de verde en sus recovecos, originado por la humedad que provocan las sombras y el escaso transitar, y con efectos de luces que se producen por los rayos del Sol, interrumpidos por el eterno danzar de las hojas al viento. Cincuenta metros de sendero reberonizado me dejan en el viejo portón de madera, el que nunca he levantado pero presumo pesado, oscuro, pero firme y muy bien trabajado en Corazón Verde, quien lo hizo seguramente pensó en todos los factores biodegradantes que pululan en los espacios a las afueras de la ciudad.
Existen logros que enorgullecen, pero rara vez te lo repites tanto y, no existe una sola vez en que abra para entrar, el añejo portón, en el que no me invada la contentura de lo bien hecho. La casa de corredores al frente y a sus laterales, en lo alto del terreno, con persianas de helechos, techos de madera y tejas envejecidas. Es una construcción nueva inundada con aspectos coloniales, tal como mi esposa siempre había soñado, rodeada de grama y flores, llena de tantas ideas extraídas de posadas y otros lugares interesantes que hemos visitado en diferentes viajes por el país.
Hoy, como todos los viernes se percibe un aire muy especial, esos momentos de la vida en los que sabes que algo bueno viene. Como cuando éramos niños y sabíamos que al despertar de la noche buena habría un juguete debajo de la cama; o cuando papá decía el miércoles: “este fin de semana vamos a la playa” entonces uno entraba en una emocionante espera, algo de eso se siente hoy, y se acelera, apenas se atraviesa el portón.
A la distancia veo mi hija menor, en la entrada. A mi espera y acariciando un viejo Golden Retriever. Ese compañero fiel de la familia, adquirido por su capricho, pero querido por todos, un can de estampa, gordo y bien acicalado, todo un gran señor, un señor perro. Producto de mi hija menor a quien le sobra el cariño para todos y colma la casa con sus ocurrencias y alborotos. Más atrás se asoma mi esposa, siempre conectada a mi presencia, a la hora que yo llegue, a la hora que sea, nunca le sorprendo, pues siempre parece esperarme.
Desde que nos mudamos a esta casa todos experimentamos un cambio de energía gigantesco, mi esposa especialmente, quizá porque es su sueño, ella se convirtió en una mujer detallista con cada espacio, con cada mueble, con cada planta y con cada miembro de la familia, siempre nos supo involucrar en esta obra y contagiarnos de su fantasía, hasta el punto que llegamos a pensar que también era nuestro sueño.
Los rostros de estas dos mujeres se redibujan al ver el mío, sonreímos los tres, me imagino el porqué, los tres sabemos quién viene, y que probablemente recordándonos y sonriendo disimuladamente como la Mona Lisa, en el camino hacia acá se encuentre.
Se trata de mi hija la mayor, que desde hace algunos años se encuentra en la capital, estudiando su carrera, Arquitortura, como ella le dice. Conocimientos que, por cierto, mucho han aportado a los detalles de este recinto, aunado con los vastos saberes en el área de la construcción que posee mi suegro, un colaborador infinito de esta familia.
Al acercarme aún sin dejar que me bañe la sombra del corredor, pregunto: ¿Qué saben de ella?, viene por La Victoria, dice mi esposa.
- ¡Qué bueno! Digo yo.
-Hola papi, la bendición, en su forma acostumbrada de abrazos y besos, exclama la menor, de manera consentida como si fuera aún bebé.
Algunos plátanos verdes, varios jojotos junto a otros alimentos orgánicos que aún no han terminado su destino a la cocina, descansan en una mesita al lado de la puerta y, delatan parte del gusto gastronómico de la viajera que se acerca. En este corredor del frente nos quedamos hablando de mi día y recibiendo la fresca brisa que sopla en el lugar, ver llegar la tarde en este porche es toda una película, la transcoloración de las hojas de los arboles que rodean la vivienda, a medida que va acostándose el jefe de todos los astros de nuestro sistema, deleita hasta al más insensible, si había un punto de la tierra en el que se pudiera construir este refugio, ¡sin duda era aquí!
Aunque no he estado en el interior de este lar desde la mañana que salí, sé que la claridad que brindan sus ventanales y los bien seleccionados colores de cortinas y paredes, sirven de marco a los modestos muebles que decoran las salas de recibos, siempre con libros, cuadros, planos, instrumentos musicales y plantas, un poco de cada uno de nosotros hisopeados en cada rincón. Pisos rústicos pero muy cuidados, y techos altos invitan a sentirse en libertad aún adentro, siguen los cuartos, un patio interno con más flores y helechos, en él dos caminitos que se atraviesan en equis y en la intersección de éstos un par de banquitos como los de parques, en los que a veces compartimos según la hora del día, luego el comedor y al final la cocina, repleta de utensilios dispuestos delicadamente junto a frutos y vasijas de arcilla, amplia y cálida con vanos que permiten la vista a todo el jardín posterior, el cual se extiende hasta perderse con el paisaje silvestre de la región.
Ya ha transcurrido suficiente tiempo, los matices rojizos del cielo y las oraciones de los pájaros antes de dormir nos lo dicen, sólo falta que el portón se comience a abrir y así es: las hojas de éste se dividen en el centro y se alejan una de la otra para darle la bienvenida a mi hija mayor, esa personalidad marcada que le caracteriza la descubre, su rostro siempre habla más que ella, y los tres no quedamos a la expectativa, tratando de decodificar su postura corporal, y mi esposa e hija que poseen visión 20/20 buscan descifrar su rostro para ver que ha guardado a lo largo de su semana. Mi esposa dice: está sonriendo y mi hija afirma: sí está riendo. Eso es signo de que le ha ido bien, de que viene con buenas calificaciones y que las cosas han salido como las esperaba, pues es controladora como ella sola.
Los abrazos, los besos y el barniz UV en los ojos exclaman la felicidad del momento, con el can a nuestro alrededor meneando su cola y agitándose como loco. Así que no me queda otra que darle gracias a Dios, porque ahora la casa de corredores está completa.
Este pequeño ensayo está dedicado a mi esposa, a quien espero algún día poder regalarle esta casa, su sueño.

El hecho de no poseer físicamente lo que se sueña no es indicativo de infelicidad, pues son los pequeños detalles que nos envuelven, aquello que nos plena, entre muchos puedo mencionar: Primeramente Dios, la luz del Sol, la noche, la brisa, los alimentos, las rutinarias despedidas y reencuentros diarios, un lugar para dormir, una cobija para arroparse, la dirección de donde se vive, las mascotas, el fuego de la cocina, el agua para beber, los hijos, los padres, la pareja, los hermanos, los libros, la música, el trabajo, los árboles, los caminos, las llaves, el vino, los amigos, el mar y así podría pasar mucho tiempo narrando infinidad de detalles de felicidad.
En ocasiones las cosas que soñamos no llegan, y que se le va hacer, así es la vida, mas hay miles que si están aquí, por las cuales pecamos al no disfrutarlas y agradecerlas ya.

CON FANTASÍA U HONESTIDAD

Por: Alí Izaguirre


No sé de qué me vayan a tildar, al comentar mi reflexión sobre las madres y su día, pienso que está bien elegir una fecha para resaltar el valor de esa condición, porque ser madre es una condición de las mujeres que obtienen al parir o criar hijos, porque no sólo es el hecho de parirlos, ya que en dónde dejamos a las mujeres que no pueden parir, pero adoptan un niño, ¿será que a estas últimas se les puede conferir el título de madre?, porque también hay aquellas que por una razón u otra parieron, mas no crían a sus hijos. Total, esto me confunde, y en definitiva asumo que madres serían, entonces, las que crían y las que paren.

Hasta ahora en cualquiera de los casos comentados, el determinante de dicha condición es el hijo, al cual rara vez, me imagino, se le pregunta si quiere venir a este lado o a otro del mundo, y ser educados impositivamente por tal o cual mujer, normalmente haciendo lo que ella considera bueno sin importar que al hijo le guste o no, ejemplo: bañarse, comer de alimentos como auyama, coliflor, berenjena y pare de contar; levantarse temprano para ir a clases, o sea que no sólo se conforman con traer a este desvalido ser a una incomprensible dimensión, que la mayoría de las veces mueren sin haber entendido su existencia, sino que obligadamente tiene que gustarle, aprenderla y aparentar que todo marcha bien.

¡Si hablamos de como torturan a los niños!, con la insistencia de ponerse los zapatos, colocarse la corbata, peinarse. Los regaños no sólo para que vayan a la escuela, en vez de llevarlos a un parque o dejarlos en la casa viendo televisión, sino, también para que aguanten a un ser instruido, -la maestra, especialistas en torturas aceptadas por la sociedad- para modificar mentes de jóvenes que permanecen confinado en limitados claustros, sentados en duros puestos de madera durante horas, a quienes no se les permite, hablar, dibujar en sus libretas temas propios, lanzar avioncitos mientras sueñan con volar, comer sus golosinas o pasarse notas de amor, entre otras; torturas tales como: las tablas de multiplicar, operaciones con fracciones y las reglas ortográficas, ¡y ni hablar de las vocales!, y eso es todos los días, de lunes a viernes sistemáticamente, encomendando a través de notas en los cuadernos, a las madres para que se afinquen con premeditación durante los fines de semana, método eficaz para ir moldando estas víctimas, para que en su estado de adultez sean tan estoicos como sus progenitoras.

Cuando los hijos, ya comienzan a descubrir las pocas cosas de la vida que les agradan, ahí está ella, para prohibírselas o por lo menos criticarlas, tal es el caso de la masturbación, los noviazgos, el licor, la marihuana, el maquillaje, las rumbas, el rock y por ahí, hasta que ya no se desee o se minimice su disfrute. La máxima, es –masoquista- encontrar placer en el esfuerzo, el sacrificio, las inhibiciones y más, según el protocolo maternal.

Hoy hombres o mujeres que atravesaron por ese rumbo que las madres les impusieron, terminan siendo algo parecido a ellas, me imagino que es lo que llaman cadenas o transferencias generacionales.

Yo no escapo de este escrito, pero en descarga de las mamás confieso que en un sueño Dios me contó que por más esfuerzo que dispusieran para modificarnos, ya veníamos pre-moldados, lo que quiere decir que toda la culpa de lo que somos o no somos, no es de ellas.

Finalmente lo primero que le regalaré a mi madre, los segundos domingos de cada mayo, es mi perdón por lo antes expuesto, mi reconocimiento a su entregada y sagrada misión para convertirme, el eterno agradecimiento por las herramientas con que hoy inútilmente trato de moldar a mis hijas y, por lo que ningún hijo puede negar: la inmensa tolerancia, compasión y ternura brindada por ellas. Algunos llaman a todo esto amor de madre.

La forma sarcástica con la que he manejado este tema, ha sido simplemente para que seamos más honestos y menos fantasiosos con el sentimiento que profesamos por alguien tan especial, como lo es la mujer que nos parió y crió. Un ser humano como todos, con sus errores y sus aciertos, esperando saber que no nos comimos el cuento del Niño Jesús ni el de la cigüeña, esperando saber que le amamos por lo que es y no por lo que soñamos que fuera, que no es una heroína, que no fue una misión extraordinaria, sólo hizo con intuición lo que la naturaleza le ordenó, ya que venimos a este mundo sin ningún manual.

ENSAYO DE UNA FIEBRE

Por Alí Izaguirre

Me envuelvo temprano, porque esta fiebre me tiene lánguido y enloquecido, con la sensación de una fuerte hipotermia, que ni las cobijas evitan que el frío haga vibrar mi alma como un terremoto. El cuarto donde me encuentro está oscuro, he bajado las cortinas, no deseo ver luz alguna. Tal vez no debería pensar así, pues quisiera seguir observando los colores, producto de la luz, por mucho más tiempo.

Quiero dormir para perderme en esa maraña de pensamientos que me agobian. Todas las ideas se mezclan como en un remolino, y las imágenes pasan por mi mente como si estuviese viéndolas desde un tren a toda máquina.

Como nunca falta algo que impida la plenitud, en este momento existen dos: Un bendito grillo que al grillar punza mis oídos con diminutas e hirientes moharras, y las cortinas de la ventana que se danzan al ritmo de una escasa brisa para dejar filtrar ese hilo de luz, que ni con mis ojos sepultados evito que recosa y anude mis retinas.

No deseo levantarme. ¡Dios hasta pensar me duele!, trataré de llegar al bendito baldaquín sin exponer mis pupilas.

Comenzaré por bajar mi pierna derecha, que se encuentra sobre el borde de la cama, …y lo sé porque desde hace un rato el marco del jergón me está cortando el pie por la mitad. Así comienzo mi descenso de la cama, mientras alivio el dolor que me inflige ese filo –verdugo- de fierro gélido.

Mi pierna se precipita rápidamente, pues la dejo ir con la fuerza aquella que develó Newton, y sin esfuerzo recorre toda esa larga distancia de la cama al suelo, esperé que los dedos avisaran el contacto con la superficie, pero literalmente se estrellaron contra ella, como si no bastara ya con el suplicio que siento, para sumar tal pena.

Poco a poco voy dejándome caer, aunque no sé si estoy posándome sobre cemento o sobre hielo, ya que tal es la frigidez que se entumecían mis músculos, de los dedos a la cabeza. Me transporté a mi niñez, porque prefería desplazarme gateando, aunque no recuerdo haber realizado, en mi infancia, esa hermosa actividad.

A la postre, llego a la pared, y sin que mis rodillas abandonen el suelo, me yergo como cualquier cuadrúpedo, y soslayo los paños hostigantes. ¡Qué alivio al enclaustrar aquel lugar del último vestigio de claridad!, ahora todo está oscuro, que digo oscuro, totalmente negro. Retorno a mi posición animal, sin querer ofender a los dignos seres de cuatro patas, que por lo menos no se autocompadecen, tanteando busco nuevamente la cama, aunque más lejos está mi pretensión de arribar a ella, pues no puedo impedir caer aquí mismo, y que el frío me ejecute de una vez, razón por la que mis extremidades inferiores deciden no seguir y completo voy aterrizando. La verdad quiero llorar, pero ni las lágrimas acompañan mis rezos de quejidos. Como una orden divina la mano derecha, siempre la diestra, alcanza una de las cobijas que está colgando del lecho, que se vienen como cascadas de lana hacia mí.

Como puedo llevo este sudario a lo largo de mi cuerpo y espero que pase el inmisericorde desasosiego. Me pregunto: ¿Cuánto ha pasado?, porque el tiempo me parece lento y el delirio interminable.

Ahora, minutos, horas o días después, no sé, sospecho que debe haber pasado mucho, porque ya me siento mejor, y aunque me noto así, alzarme todavía me cuesta, logro asomarme al vano y todo aún está renegrido. Entonces, ¿será que no ha transcurrido tanto tiempo y la noche aún no me abandona?. Me regreso y ahora sí en mi cama, ya no tengo sueño, pero que más hago en esta situación sino buscar ese estado perfecto de somnolencia.

Luego de un nuevo despertar, abro mis ojos completamente, y como dejé mi habitación tan sellada sólo negro veo, me levanto con mejor ánimo, me asomo nuevamente a la ventana y no veo nada, o mejor dicho veo todo, pero eclipsado, no me conformo con esto y recorro las paredes para llegar a la puerta, con desespero tanteo el picaporte y angustiado abro la puerta, preparo mis ojos para no encandilarme, pero en vano, pues ningún haz atraviesa mis pupilas, sigo recorriendo, ahora la casa en vez de la habitación, llego hasta el jardín, palpo las hojas del rosal y sé que es el rosal porque una que otra espina, a su manera, me lo susurró, mas con eso concluyo que no es un sueño, que no despertaré, ya que en ese estado ando. Necesito pensar, meditar y aclarar qué es todo esto, diversas teorías pasan por mi pensamiento como: ¿será un castigo de Dios por haber menospreciado la luz?, ¿será que por tal blasfemia apagó el Sol?.

Creo que no debo ser tan egocéntrico, pensar que Dios extinga el Sol por mi irreverencia; es más acertado pensar que él por eso me encegueció; ahora sí salen las lágrimas sin querer llorar, y experimento como una caída desde una colosal altura, no puedo conjeturar más, y busco refugiarme, eso es lo que me dicta el instinto. Con un nervioso tropel me llevo todo por delante, pero llego a mi cuarto, a mi cama. Mi cuerpo parece saber, más que yo, lo que pasa, y como un autoreflejo se encorota, cómo si solo en la intemperie yaciese, no dejo de llorar, ahora con tanto ruido que no escucho nada más que mi lamento, entre sollozos percibo una voz que me detiene en seco, alguien me llama, pero nada veo, y tan cerca siento la voz que me parece que no es de la tierra, siento presencias, pero no las diviso ni las tanteo, aunque seguro estoy que las siento, ¡oh señor! ¿Así es la muerte?, ¿Vienen por mí?, antes deseé la muerte y ahora que postrado ante ella estoy no me quiero ir, razón tenía aquel que tarde aprendió a hablar que, parafraseado, decía: no sé si el universo es infinito, pero la estupidez estoy seguro que sí.

Entonces mi cuerpo comienza a elevarse solo y mis manos pierden ya el contacto con lo que tocaban. Ahora ya no estoy aquí, reflexiono y recuerdo que nunca me sentí sólo antes de morir, porque me llamaron por mi nombre, me rodearon y me suspendieron. Ahora que estoy muerto sí veo luz, más aún, atisbo a mis amigos, los de siempre, a mi alrededor.

Reflexiono más profundamente, y pienso que: ¡los amigos siempre están allí!, aunque no los vea, siento que me arropan y me consienten, advierto que mi respiración es más fluida y la temperatura corporal más llevadera, los miro nuevamente mientras vuelvo a yacer, en mi sueño doy gracias a Dios que cuento con amigos, los de siempre. Finalmente me tranquilizo porque pienso que mientras ellos me acompañen nunca estaré muerto.

El que Siembra Rezando

En una larga sequía ocurrida en un pueblo agrícola, lejos de la ciudad, existía un buen hombre que enfrentaba, al igual que el resto de sus vecinos, el más inclemente verano que habían visto a lo largo de sus vidas. Aunque este agricultor trabajaba duro, cuando otros se rendían, desde que aún el día dormía, hasta que la luna ya jugaba con las estrellas, también oraba sin descanso, confiado que Dios le ayudaría con su siembra y con aquel calor que fustigaba la zona.
El milagro se dio, en su plantación, y sólo en ella, brotaron los más hermoso frutos de color, forma y tamaño. Al despertar en la mañana, él no lo podía creer, porque todo se había dado en una noche, como el acto de ilusionista. Así que puso manos a la obra junto a su familia y ayudantes, pasó todo el día cosechando y cantando, muy contento y agradecido con el Señor.
Esa noche, después de una buena cena y tertulia familiar se retiró hacia su habitación, donde como siempre rezó y reflexionó que como ofrenda a Dios, por el favor concedido, debería regalar parte de su cosecha a sus vecinos, y con esa idea tapizando su conciencia atravesó el portal de los sueños. A media noche despertó muy inquieto, quizás emocionado todavía por tan increíble milagro, en el extenso mar de los pensamientos se aísla en un profundo monólogo, en el cual se pregunta: ¿Señor por qué si tanto he trabajado y orado, cosa que los demás no han hecho, yo ahora tengo que compartir con ellos?, que ni si quiera te han honrado como lo he hecho yo, porque ellos, algunos rezaban pero no trabajaban, otros trabajaban pero no rezaban y algunos sencillamente no hicieron nada, yo, por el contrario, me mantuve haciendo las dos cosas sin reparo, no creo que debo compartir lo que tanto me ha costado y que significa tanto para mí. Después de su larga meditación con ese eterno dilema nuevamente se durmió.
Al amanecer se sorprendió: todos los frutos estaba podridos e infestado de gusanos y moscas, y al asomarse por la ventana observó como todas las plantas, que el día anterior lucían un verde intenso, ahora, estaban resecas, sin vestigio de vida por ningún lado. ¿Señor que me has hecho?, se preguntó, no merezco este castigo.
De repente susurró una voz, que decía: Trabajaste y oraste, siempre me mantuviste a tu lado, o sea trabajamos juntos tus tierras y por eso prosperaron. Yo no hallaba como ayudar a los demás, pues estaban tan lejos de mí, aunque mi intención siempre fue ayudarles a todos, sabía que a través de ti, tan cercano a mí, podría hacerlo, tú eras el puente para yo extender el bien hacia tus paisanos.
Yo he favorecido a muchos para que cuenten con la facultad de ayudar a los demás, porque hay quienes nunca tendrán ni una mínima parte de aquello, con lo que yo a algunos he bendecido.
-Pero Dios, eran muchos y si les daba a todos iba a quedar con muy poco para mí y mi familia;
- recuerda que eres mi inventario para los demás: mientras más des, más puedes esperar de mí, y yo con más te bendeciré, si sólo das lo que te sobra, yo te daré lo que me sobra: pobreza, enfermedades, tristeza y más; si das de lo que valoras, yo te daré de lo que valoro: mi amor.
-Pero lamentablemente hijo, fallaste y no me está permitido regresar el tiempo, lo que está hecho, hecho se queda, por esa razón es importante evaluar los escenarios antes de tomar decisiones, cosa que debiste hacer antes de decidir de esa manera tan mezquina.
-De nada me sirvió creer en ti Señor.
-Vuelves a pecar hijo mío.
-Bueno no me importa, ya que de esta sequía moriré junto con los míos lentamente, así que prefiero morir ya, de una vez. Entonces se intensificó el calor y los rayos del Sol comenzaron a achicharrar su rostro, pero antes de morir quiso ver, por última vez, estos rayos (obra de Dios). Abrió sus ojos hacia la luz intensa y se puso de pies, ya que yacía en su cama, divisó muchos colores a través del vano de su cuarto, el campo estaba verde y florido, cargado de frutos; miró hacia un lado y toda su cosecha, del día anterior, permanecía sana y hermosa. La verdad era que estaba profundamente dormido, soñando que moría quemado debido a un fuerte rayo de Sol que se colaba por la ventana y daba justo en su cara, no supo a la postre, si fue un sueño o realmente habló con Dios, pero el milagro estaba hecho.
-Dios las lecciones son muchas, por ello gracias. Inmediatamente procedió a llamar a sus vecinos para compartir parte de esa bendición.
Lecciones:
No basta con rezar, hay que trabajar.
No basta con trabajar, hay que rezar.
Somos vehículos de Dios para aliviar a quienes tienen menos, ya que somos nosotros y no ellos los escogidos por él.
Hay que examinar los escenarios y hablar con Dios antes de tomar una decisión importante.
Una segunda oportunidad no se debe desperdiciar.
Parece que no, pero Dios existe, y nos escucha.
Hacer más que los demás, nos deja más que a los demás.
Dios obra misteriosamente.
Dios nos ha brindado millones de milagros, sólo que son tantos, que no los percibimos como tal.
Quien da lo que le sobra, realmente no da, sólo bota.
Dios quiere a nuestros vecinos como a nosotros mismos.
El egoísmo es natural, para dar hay que aprender y para recibir hay que dar.
Para aprender a dar hay que practicar.
El que recibe y no da, vive acumulando una deuda con Dios.
Siempre existirá alguien menos afortunado a quien podamos dar.
Por Alí Izaguirre
Postdata: Pido disculpas a quienes tengan profundas bases religiosas, por si he caído en falta al escribir este cuento, que sólo es eso: un cuento, en el que trato de mover a la reflexión sobre estos temas tan importante, como lo son: El trabajo, la Fe, el compartir y la toma de decisión.

domingo, 12 de septiembre de 2010

NO TODO ES TAN BOVES

No importa la edad, solo o acompañado, vayan al cine. Salgan de sus casas o trabajos, den una paseadita por el centro comercial, compren sus cotufas, apaguen sus celulares y se sientan cómodamente, durante hora y media por lo menos, a ver con respeto, el trabajo que hacen cientos de venezolanos que creen que queda cultura en esta tierra. Si reservan las entradas por Internet es mejor, ya que lamentablemente contamos con pocas salas.

Afortunadamente, no todo es malo en Venezuela, pues estamos atravesando por un momento cultural importante. Buenas bandas musicales, muchas obras de teatro y sin duda excelentes películas. Hay quienes están haciendo un durísimo trabajo, respaldemos esta labor para que avance en aumento, y no tengamos que seguir admirando solamente lo que hacen los demás países.

Si de algo gozan las películas venezolanas, es de exquisita fotografía, que sin duda se ponen de manifiesto en Taita Boves, la película. Buen trabajo de Alejandro García Wiedemann, que se complementa con una estupenda banda sonora, algo que se ha venido notando cada vez más en nuestro cine.

La actuación de Juvel Vielmas en Taita Boves, es de gran altura, nada que envidiarle a la industria del cine mundial, la fuerza que este actor le imprime al papel es bestial. Sin dejar atrás a Gledys Ibarra, que sigue siendo hermosa y sensual. Esta mujer baña de dulzor la pantalla, con su estampa y su color de papelón, café y tabaco; en desnudos delicadamente trabajados.

La dirección de Luis Alberto Lamata, logró sacar, de cada actor que participó en Taita Boves, el gran artista que iluminó la obra. Y el Director de Arte tampoco pudo ocultar el talento y los conocimientos en la materia, se encuentran tomas que semejan piezas artísticas de renombrados pintores de principios del siglo pasado.

Existen partes de la película, con mucha violencia y algunos pasajes en la que se torna lenta, pero concéntrense en las dramatizaciones, los diálogos, los colores y sobre todo en el sentimiento que les genere la historia; la cual es tomada del libro: Boves El Urogallo, de Francisco Herrera Luque.

Felicitaciones a Carmen Rivas, Jefe de Producción en Taita Boves, excelente trabajo en un film, en el que la producción es una de las más grandes que he visto en una cinta venezolana: Exteriores, utilería, vestuario y pare de contar. A ella quien tuve la oportunidad de conocer personalmente, le rindo toda mi admiración.

Alí Izaguirre