Por Alí Izaguirre
Me envuelvo temprano, porque esta fiebre me tiene lánguido y enloquecido, con la sensación de una fuerte hipotermia, que ni las cobijas evitan que el frío haga vibrar mi alma como un terremoto. El cuarto donde me encuentro está oscuro, he bajado las cortinas, no deseo ver luz alguna. Tal vez no debería pensar así, pues quisiera seguir observando los colores, producto de la luz, por mucho más tiempo.
Quiero dormir para perderme en esa maraña de pensamientos que me agobian. Todas las ideas se mezclan como en un remolino, y las imágenes pasan por mi mente como si estuviese viéndolas desde un tren a toda máquina.
Como nunca falta algo que impida la plenitud, en este momento existen dos: Un bendito grillo que al grillar punza mis oídos con diminutas e hirientes moharras, y las cortinas de la ventana que se danzan al ritmo de una escasa brisa para dejar filtrar ese hilo de luz, que ni con mis ojos sepultados evito que recosa y anude mis retinas.
No deseo levantarme. ¡Dios hasta pensar me duele!, trataré de llegar al bendito baldaquín sin exponer mis pupilas.
Comenzaré por bajar mi pierna derecha, que se encuentra sobre el borde de la cama, …y lo sé porque desde hace un rato el marco del jergón me está cortando el pie por la mitad. Así comienzo mi descenso de la cama, mientras alivio el dolor que me inflige ese filo –verdugo- de fierro gélido.
Mi pierna se precipita rápidamente, pues la dejo ir con la fuerza aquella que develó Newton, y sin esfuerzo recorre toda esa larga distancia de la cama al suelo, esperé que los dedos avisaran el contacto con la superficie, pero literalmente se estrellaron contra ella, como si no bastara ya con el suplicio que siento, para sumar tal pena.
Poco a poco voy dejándome caer, aunque no sé si estoy posándome sobre cemento o sobre hielo, ya que tal es la frigidez que se entumecían mis músculos, de los dedos a la cabeza. Me transporté a mi niñez, porque prefería desplazarme gateando, aunque no recuerdo haber realizado, en mi infancia, esa hermosa actividad.
A la postre, llego a la pared, y sin que mis rodillas abandonen el suelo, me yergo como cualquier cuadrúpedo, y soslayo los paños hostigantes. ¡Qué alivio al enclaustrar aquel lugar del último vestigio de claridad!, ahora todo está oscuro, que digo oscuro, totalmente negro. Retorno a mi posición animal, sin querer ofender a los dignos seres de cuatro patas, que por lo menos no se autocompadecen, tanteando busco nuevamente la cama, aunque más lejos está mi pretensión de arribar a ella, pues no puedo impedir caer aquí mismo, y que el frío me ejecute de una vez, razón por la que mis extremidades inferiores deciden no seguir y completo voy aterrizando. La verdad quiero llorar, pero ni las lágrimas acompañan mis rezos de quejidos. Como una orden divina la mano derecha, siempre la diestra, alcanza una de las cobijas que está colgando del lecho, que se vienen como cascadas de lana hacia mí.
Como puedo llevo este sudario a lo largo de mi cuerpo y espero que pase el inmisericorde desasosiego. Me pregunto: ¿Cuánto ha pasado?, porque el tiempo me parece lento y el delirio interminable.
Ahora, minutos, horas o días después, no sé, sospecho que debe haber pasado mucho, porque ya me siento mejor, y aunque me noto así, alzarme todavía me cuesta, logro asomarme al vano y todo aún está renegrido. Entonces, ¿será que no ha transcurrido tanto tiempo y la noche aún no me abandona?. Me regreso y ahora sí en mi cama, ya no tengo sueño, pero que más hago en esta situación sino buscar ese estado perfecto de somnolencia.
Luego de un nuevo despertar, abro mis ojos completamente, y como dejé mi habitación tan sellada sólo negro veo, me levanto con mejor ánimo, me asomo nuevamente a la ventana y no veo nada, o mejor dicho veo todo, pero eclipsado, no me conformo con esto y recorro las paredes para llegar a la puerta, con desespero tanteo el picaporte y angustiado abro la puerta, preparo mis ojos para no encandilarme, pero en vano, pues ningún haz atraviesa mis pupilas, sigo recorriendo, ahora la casa en vez de la habitación, llego hasta el jardín, palpo las hojas del rosal y sé que es el rosal porque una que otra espina, a su manera, me lo susurró, mas con eso concluyo que no es un sueño, que no despertaré, ya que en ese estado ando. Necesito pensar, meditar y aclarar qué es todo esto, diversas teorías pasan por mi pensamiento como: ¿será un castigo de Dios por haber menospreciado la luz?, ¿será que por tal blasfemia apagó el Sol?.
Creo que no debo ser tan egocéntrico, pensar que Dios extinga el Sol por mi irreverencia; es más acertado pensar que él por eso me encegueció; ahora sí salen las lágrimas sin querer llorar, y experimento como una caída desde una colosal altura, no puedo conjeturar más, y busco refugiarme, eso es lo que me dicta el instinto. Con un nervioso tropel me llevo todo por delante, pero llego a mi cuarto, a mi cama. Mi cuerpo parece saber, más que yo, lo que pasa, y como un autoreflejo se encorota, cómo si solo en la intemperie yaciese, no dejo de llorar, ahora con tanto ruido que no escucho nada más que mi lamento, entre sollozos percibo una voz que me detiene en seco, alguien me llama, pero nada veo, y tan cerca siento la voz que me parece que no es de la tierra, siento presencias, pero no las diviso ni las tanteo, aunque seguro estoy que las siento, ¡oh señor! ¿Así es la muerte?, ¿Vienen por mí?, antes deseé la muerte y ahora que postrado ante ella estoy no me quiero ir, razón tenía aquel que tarde aprendió a hablar que, parafraseado, decía: no sé si el universo es infinito, pero la estupidez estoy seguro que sí.
Entonces mi cuerpo comienza a elevarse solo y mis manos pierden ya el contacto con lo que tocaban. Ahora ya no estoy aquí, reflexiono y recuerdo que nunca me sentí sólo antes de morir, porque me llamaron por mi nombre, me rodearon y me suspendieron. Ahora que estoy muerto sí veo luz, más aún, atisbo a mis amigos, los de siempre, a mi alrededor.
Reflexiono más profundamente, y pienso que: ¡los amigos siempre están allí!, aunque no los vea, siento que me arropan y me consienten, advierto que mi respiración es más fluida y la temperatura corporal más llevadera, los miro nuevamente mientras vuelvo a yacer, en mi sueño doy gracias a Dios que cuento con amigos, los de siempre. Finalmente me tranquilizo porque pienso que mientras ellos me acompañen nunca estaré muerto.
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