En una larga sequía ocurrida en un pueblo agrícola, lejos de la ciudad, existía un buen hombre que enfrentaba, al igual que el resto de sus vecinos, el más inclemente verano que habían visto a lo largo de sus vidas. Aunque este agricultor trabajaba duro, cuando otros se rendían, desde que aún el día dormía, hasta que la luna ya jugaba con las estrellas, también oraba sin descanso, confiado que Dios le ayudaría con su siembra y con aquel calor que fustigaba la zona.
El milagro se dio, en su plantación, y sólo en ella, brotaron los más hermoso frutos de color, forma y tamaño. Al despertar en la mañana, él no lo podía creer, porque todo se había dado en una noche, como el acto de ilusionista. Así que puso manos a la obra junto a su familia y ayudantes, pasó todo el día cosechando y cantando, muy contento y agradecido con el Señor.
Esa noche, después de una buena cena y tertulia familiar se retiró hacia su habitación, donde como siempre rezó y reflexionó que como ofrenda a Dios, por el favor concedido, debería regalar parte de su cosecha a sus vecinos, y con esa idea tapizando su conciencia atravesó el portal de los sueños. A media noche despertó muy inquieto, quizás emocionado todavía por tan increíble milagro, en el extenso mar de los pensamientos se aísla en un profundo monólogo, en el cual se pregunta: ¿Señor por qué si tanto he trabajado y orado, cosa que los demás no han hecho, yo ahora tengo que compartir con ellos?, que ni si quiera te han honrado como lo he hecho yo, porque ellos, algunos rezaban pero no trabajaban, otros trabajaban pero no rezaban y algunos sencillamente no hicieron nada, yo, por el contrario, me mantuve haciendo las dos cosas sin reparo, no creo que debo compartir lo que tanto me ha costado y que significa tanto para mí. Después de su larga meditación con ese eterno dilema nuevamente se durmió.
Al amanecer se sorprendió: todos los frutos estaba podridos e infestado de gusanos y moscas, y al asomarse por la ventana observó como todas las plantas, que el día anterior lucían un verde intenso, ahora, estaban resecas, sin vestigio de vida por ningún lado. ¿Señor que me has hecho?, se preguntó, no merezco este castigo.
De repente susurró una voz, que decía: Trabajaste y oraste, siempre me mantuviste a tu lado, o sea trabajamos juntos tus tierras y por eso prosperaron. Yo no hallaba como ayudar a los demás, pues estaban tan lejos de mí, aunque mi intención siempre fue ayudarles a todos, sabía que a través de ti, tan cercano a mí, podría hacerlo, tú eras el puente para yo extender el bien hacia tus paisanos.
Yo he favorecido a muchos para que cuenten con la facultad de ayudar a los demás, porque hay quienes nunca tendrán ni una mínima parte de aquello, con lo que yo a algunos he bendecido.
-Pero Dios, eran muchos y si les daba a todos iba a quedar con muy poco para mí y mi familia;
- recuerda que eres mi inventario para los demás: mientras más des, más puedes esperar de mí, y yo con más te bendeciré, si sólo das lo que te sobra, yo te daré lo que me sobra: pobreza, enfermedades, tristeza y más; si das de lo que valoras, yo te daré de lo que valoro: mi amor.
-Pero lamentablemente hijo, fallaste y no me está permitido regresar el tiempo, lo que está hecho, hecho se queda, por esa razón es importante evaluar los escenarios antes de tomar decisiones, cosa que debiste hacer antes de decidir de esa manera tan mezquina.
-De nada me sirvió creer en ti Señor.
-Vuelves a pecar hijo mío.
-Bueno no me importa, ya que de esta sequía moriré junto con los míos lentamente, así que prefiero morir ya, de una vez. Entonces se intensificó el calor y los rayos del Sol comenzaron a achicharrar su rostro, pero antes de morir quiso ver, por última vez, estos rayos (obra de Dios). Abrió sus ojos hacia la luz intensa y se puso de pies, ya que yacía en su cama, divisó muchos colores a través del vano de su cuarto, el campo estaba verde y florido, cargado de frutos; miró hacia un lado y toda su cosecha, del día anterior, permanecía sana y hermosa. La verdad era que estaba profundamente dormido, soñando que moría quemado debido a un fuerte rayo de Sol que se colaba por la ventana y daba justo en su cara, no supo a la postre, si fue un sueño o realmente habló con Dios, pero el milagro estaba hecho.
-Dios las lecciones son muchas, por ello gracias. Inmediatamente procedió a llamar a sus vecinos para compartir parte de esa bendición.
Lecciones:
No basta con rezar, hay que trabajar.
No basta con trabajar, hay que rezar.
Somos vehículos de Dios para aliviar a quienes tienen menos, ya que somos nosotros y no ellos los escogidos por él.
Hay que examinar los escenarios y hablar con Dios antes de tomar una decisión importante.
Una segunda oportunidad no se debe desperdiciar.
Parece que no, pero Dios existe, y nos escucha.
Hacer más que los demás, nos deja más que a los demás.
Dios obra misteriosamente.
Dios nos ha brindado millones de milagros, sólo que son tantos, que no los percibimos como tal.
Quien da lo que le sobra, realmente no da, sólo bota.
Dios quiere a nuestros vecinos como a nosotros mismos.
El egoísmo es natural, para dar hay que aprender y para recibir hay que dar.
Para aprender a dar hay que practicar.
El que recibe y no da, vive acumulando una deuda con Dios.
Siempre existirá alguien menos afortunado a quien podamos dar.
Por Alí Izaguirre
Postdata: Pido disculpas a quienes tengan profundas bases religiosas, por si he caído en falta al escribir este cuento, que sólo es eso: un cuento, en el que trato de mover a la reflexión sobre estos temas tan importante, como lo son: El trabajo, la Fe, el compartir y la toma de decisión.
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