Por Alí Izaguirre
De la casa vieja y grande por la acera derecha, sigue un terreno extenso, luego un ranchito, pintado de violeta las paredes y de amarillo su puerta y ventanas, con un aire muy maracucho, después otro terreno y al final de éste se dobla a la derecha. He repetido tantas veces esta referencia que no deja de pasar por mi mente, la misma forma de mencionarla, cada vez que transcurro por acá. Empieza una calle estrecha muy accidentada, con árboles frondosos de los lados, es sorprendente como estos seres clorofílicos van aumentado su tamaño a medida que uno se interna en el camino, es como si primero salieran al encuentro los hijos y más atrás los padres, por último los abuelos: robustos samanes, ceibas y acacias, con unos que otros árboles de menor abolengo que se cuelan entre ellos, para ver pasar a los transeúntes. Al final de la vía, a la izquierda se encuentra una rivera que susurra a las aves el frescor de su néctar, la bordea una vieja rúa, de lajas grises, patinada de verde en sus recovecos, originado por la humedad que provocan las sombras y el escaso transitar, y con efectos de luces que se producen por los rayos del Sol, interrumpidos por el eterno danzar de las hojas al viento. Cincuenta metros de sendero reberonizado me dejan en el viejo portón de madera, el que nunca he levantado pero presumo pesado, oscuro, pero firme y muy bien trabajado en Corazón Verde, quien lo hizo seguramente pensó en todos los factores biodegradantes que pululan en los espacios a las afueras de la ciudad.
Existen logros que enorgullecen, pero rara vez te lo repites tanto y, no existe una sola vez en que abra para entrar, el añejo portón, en el que no me invada la contentura de lo bien hecho. La casa de corredores al frente y a sus laterales, en lo alto del terreno, con persianas de helechos, techos de madera y tejas envejecidas. Es una construcción nueva inundada con aspectos coloniales, tal como mi esposa siempre había soñado, rodeada de grama y flores, llena de tantas ideas extraídas de posadas y otros lugares interesantes que hemos visitado en diferentes viajes por el país.
Hoy, como todos los viernes se percibe un aire muy especial, esos momentos de la vida en los que sabes que algo bueno viene. Como cuando éramos niños y sabíamos que al despertar de la noche buena habría un juguete debajo de la cama; o cuando papá decía el miércoles: “este fin de semana vamos a la playa” entonces uno entraba en una emocionante espera, algo de eso se siente hoy, y se acelera, apenas se atraviesa el portón.
A la distancia veo mi hija menor, en la entrada. A mi espera y acariciando un viejo Golden Retriever. Ese compañero fiel de la familia, adquirido por su capricho, pero querido por todos, un can de estampa, gordo y bien acicalado, todo un gran señor, un señor perro. Producto de mi hija menor a quien le sobra el cariño para todos y colma la casa con sus ocurrencias y alborotos. Más atrás se asoma mi esposa, siempre conectada a mi presencia, a la hora que yo llegue, a la hora que sea, nunca le sorprendo, pues siempre parece esperarme.
Desde que nos mudamos a esta casa todos experimentamos un cambio de energía gigantesco, mi esposa especialmente, quizá porque es su sueño, ella se convirtió en una mujer detallista con cada espacio, con cada mueble, con cada planta y con cada miembro de la familia, siempre nos supo involucrar en esta obra y contagiarnos de su fantasía, hasta el punto que llegamos a pensar que también era nuestro sueño.
Los rostros de estas dos mujeres se redibujan al ver el mío, sonreímos los tres, me imagino el porqué, los tres sabemos quién viene, y que probablemente recordándonos y sonriendo disimuladamente como la Mona Lisa, en el camino hacia acá se encuentre.
Se trata de mi hija la mayor, que desde hace algunos años se encuentra en la capital, estudiando su carrera, Arquitortura, como ella le dice. Conocimientos que, por cierto, mucho han aportado a los detalles de este recinto, aunado con los vastos saberes en el área de la construcción que posee mi suegro, un colaborador infinito de esta familia.
Al acercarme aún sin dejar que me bañe la sombra del corredor, pregunto: ¿Qué saben de ella?, viene por La Victoria, dice mi esposa.
- ¡Qué bueno! Digo yo.
-Hola papi, la bendición, en su forma acostumbrada de abrazos y besos, exclama la menor, de manera consentida como si fuera aún bebé.
Algunos plátanos verdes, varios jojotos junto a otros alimentos orgánicos que aún no han terminado su destino a la cocina, descansan en una mesita al lado de la puerta y, delatan parte del gusto gastronómico de la viajera que se acerca. En este corredor del frente nos quedamos hablando de mi día y recibiendo la fresca brisa que sopla en el lugar, ver llegar la tarde en este porche es toda una película, la transcoloración de las hojas de los arboles que rodean la vivienda, a medida que va acostándose el jefe de todos los astros de nuestro sistema, deleita hasta al más insensible, si había un punto de la tierra en el que se pudiera construir este refugio, ¡sin duda era aquí!
Aunque no he estado en el interior de este lar desde la mañana que salí, sé que la claridad que brindan sus ventanales y los bien seleccionados colores de cortinas y paredes, sirven de marco a los modestos muebles que decoran las salas de recibos, siempre con libros, cuadros, planos, instrumentos musicales y plantas, un poco de cada uno de nosotros hisopeados en cada rincón. Pisos rústicos pero muy cuidados, y techos altos invitan a sentirse en libertad aún adentro, siguen los cuartos, un patio interno con más flores y helechos, en él dos caminitos que se atraviesan en equis y en la intersección de éstos un par de banquitos como los de parques, en los que a veces compartimos según la hora del día, luego el comedor y al final la cocina, repleta de utensilios dispuestos delicadamente junto a frutos y vasijas de arcilla, amplia y cálida con vanos que permiten la vista a todo el jardín posterior, el cual se extiende hasta perderse con el paisaje silvestre de la región.
Ya ha transcurrido suficiente tiempo, los matices rojizos del cielo y las oraciones de los pájaros antes de dormir nos lo dicen, sólo falta que el portón se comience a abrir y así es: las hojas de éste se dividen en el centro y se alejan una de la otra para darle la bienvenida a mi hija mayor, esa personalidad marcada que le caracteriza la descubre, su rostro siempre habla más que ella, y los tres no quedamos a la expectativa, tratando de decodificar su postura corporal, y mi esposa e hija que poseen visión 20/20 buscan descifrar su rostro para ver que ha guardado a lo largo de su semana. Mi esposa dice: está sonriendo y mi hija afirma: sí está riendo. Eso es signo de que le ha ido bien, de que viene con buenas calificaciones y que las cosas han salido como las esperaba, pues es controladora como ella sola.
Los abrazos, los besos y el barniz UV en los ojos exclaman la felicidad del momento, con el can a nuestro alrededor meneando su cola y agitándose como loco. Así que no me queda otra que darle gracias a Dios, porque ahora la casa de corredores está completa.
Este pequeño ensayo está dedicado a mi esposa, a quien espero algún día poder regalarle esta casa, su sueño.
El hecho de no poseer físicamente lo que se sueña no es indicativo de infelicidad, pues son los pequeños detalles que nos envuelven, aquello que nos plena, entre muchos puedo mencionar: Primeramente Dios, la luz del Sol, la noche, la brisa, los alimentos, las rutinarias despedidas y reencuentros diarios, un lugar para dormir, una cobija para arroparse, la dirección de donde se vive, las mascotas, el fuego de la cocina, el agua para beber, los hijos, los padres, la pareja, los hermanos, los libros, la música, el trabajo, los árboles, los caminos, las llaves, el vino, los amigos, el mar y así podría pasar mucho tiempo narrando infinidad de detalles de felicidad.
En ocasiones las cosas que soñamos no llegan, y que se le va hacer, así es la vida, mas hay miles que si están aquí, por las cuales pecamos al no disfrutarlas y agradecerlas ya.
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